Registros visuales desmienten versión del operador y reavivan cuestionamientos a la campaña.
La reciente visita del candidato presidencial Rafael López Aliaga al Cusco no solo estuvo marcada por su silencio frente a la prensa, sino por una serie de episodios que hoy abren interrogantes sobre la logística y los actores que rodearon su desplazamiento en la ciudad. Lo que inicialmente parecía un desorden propio de una agenda apretada, con el paso de los días ha revelado detalles que ponen en cuestión la transparencia de su campaña y la procedencia de los recursos utilizados en su movilización.
El primer indicio se registró en el aeropuerto Alejandro Velasco Astete, donde el candidato evitó responder a los medios locales y se retiró sin brindar declaraciones. En medio de ese escenario, su operador político en Cusco, Edward Yábar, protagonizó una serie de escenas que hoy son materia de análisis. Las imágenes que lo mostraron lo muestran intentando abordar el vehículo que trasladaba al candidato —una camioneta Jeep Grand Cherokee— sin lograr acceder, en medio de una evidente desorganización.
Sin embargo, lo que ocurrió después resulta más revelador. Yábar fue recibido en exteriores por una comitiva organizada, con banderolas de Renovación Popular y mensajes vinculados a su candidatura. Lejos de un encuentro casual, las imágenes evidencian cercanía con quienes lo esperaban: recibe flores, una chalina y muestras de afecto, en una escena que contrasta con su posterior versión pública de desconocimiento sobre las personas involucradas.
El punto más crítico emerge con la identificación de una camioneta que trasladó a Yábar y que inicialmente circulaba con la placa cubierta. Tras retirarse el material que la ocultaba, se confirmó que el vehículo pertenece a Nelly Palomino Chacca, una empresaria sentenciada en el pasado por delitos de corrupción. Las imágenes no solo la ubican en el lugar, sino que la muestran abrazando al propio Yábar antes de que este aborde la unidad, lo que contradice su versión de que no la conoce.
En entrevistas posteriores, Yábar negó cualquier vínculo con Palomino, asegurando que se subió “al primer vehículo que encontró” y que no sabía que la placa estaba cubierta. Incluso defendió a la empresaria, señalando que “ya cumplió su pena” y cuestionando que se genere polémica en torno a su presencia. No obstante, las imágenes también revelan la participación de la hija de Palomino, quien hacía campaña activa a su favor y abordó el mismo vehículo, lo que refuerza la hipótesis de una relación más cercana de lo que se admite públicamente.
Por su parte, Palomino ofreció versiones cambiantes. Inicialmente negó haber estado presente, argumentando motivos de salud, pero luego, al ser confrontada con imágenes, reconoció su simpatía política y defendió su derecho a participar. Admitió además que el vehículo es de su propiedad, aunque intentó deslindar responsabilidad señalando que lo había prestado a su chofer. Su respuesta final, centrada en cuestionar si existía delito, dejó sin resolver las contradicciones sobre su presencia y rol en la jornada.
El caso adquiere mayor dimensión al confirmarse que no se trató de un hecho aislado. Durante la cobertura se registraron al menos tres vehículos con propaganda política vinculada a Yábar que circulaban con las placas cubiertas, lo que plantea dudas sobre un patrón de conducta y no simples coincidencias. Estas unidades formaban parte de la movilización política en torno a la visita del candidato, lo que incrementa la preocupación sobre la legalidad y transparencia de estas acciones.
Más allá de establecer responsabilidades penales, el caso pone sobre la mesa preguntas que aún no tienen respuesta clara: ¿por qué se ocultaron placas de vehículos?, ¿por qué negar vínculos que las imágenes evidencian?, ¿quién financia realmente la logística de campaña en regiones? En un escenario electoral marcado por la desconfianza, estos episodios no solo afectan a los protagonistas, sino que alimentan la percepción de opacidad en la política.
En Cusco, donde la ciudadanía observa con atención el comportamiento de quienes aspiran a gobernar el país, este episodio deja una señal de alerta. No se trata únicamente de una visita fallida o de un desorden logístico, sino de indicios que, en conjunto, dibujan un escenario que exige explicaciones más consistentes. Porque cuando los silencios, las negaciones y las evidencias no coinciden, lo que queda no es claridad, sino una duda que persiste.







