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sábado, diciembre 5, 2020

¡AY! LA CUARENTENA

En teoría tendremos que estar con nuestras libertades personales reducidas durante 70 días, ampliación tras ampliación. Le han llamado “aislamiento social obligatorio responsable”, sin duda un neologismo que tiene características de ser una medida política más que sanitaria; sin dejar de mencionar que no tiene precedente en nuestra historia y que por cierto ha desnudado una falta de planificación y coherencia en quienes asumen decisiones por el control de la crisis; decisiones que hasta el momento son la corona del fracaso sanitario, económico y probablemente también político en los siguientes meses.
Como lo ha descrito muy bien Mario Vargas Llosa, en una columna que titula ¿Confinados en una sociedad democrática? , el verbo confinar, y sus variables como confinamiento se ha redefinido, sin que necesariamente el significado del vocablo corresponda exactamente a lo que nos ha tocado vivir, sin embargo; como también lo explica de manera magistral el significado del concepto ahora tiene otro sentido, que es el que la población le ha dado al verbo confinar en relación a describir como se ha afrontado inicialmente esta crisis sanitaria, con un impacto directo en la libertad de las personas, salpicado un poco de pánico y chispitas de absurdo e improvisación, cuyas consecuencias en los otros aspectos de la vida están por verse. Las variaciones conceptuales parecen no ser únicamente filológicas, sino también se sugieren en una nueva dimensión en lo sanitario, en lo político, social, económico y hasta en lo emocional.
Como casi la mayoría de tratados y descripciones definen la medida y concepto de la cuarentena (periodo por el cual inicialmente fuimos confinados sanitariamente hablando en su nueva acepción), esta debió cumplir la función de mantener separadas y restringidas de movimiento a un grupo de personas que estuvieron expuestas a una enfermedad infecciosa, pero que no mostraban síntomas, para observar si desarrollaban la enfermada o infección.
Nuestro gobierno y autoridades se limitaron a ver como muy lejana la posibilidad de contagio, y cuando se detectó el primer caso; no por labores de las autoridades, sino por la preocupación del llamado paciente cero, se desencadeno una vorágine de medidas, supuestamente audaces, drásticas y eficaces, pero sin ningún tipo de preparación, planificación ni eficiencia. Todo se hizo de espaldas a la creación del “valor público”. Fue tan drástico que no estaba permitido siquiera opinar o criticar las medidas adoptadas. Todas ellas respaldadas por cifras de encuestas y altos indicadores de popularidad (como si el virus expresara su punto de vista).
El estado y la sociedad civil debimos adoptar medidas y estrategias de Salud Pública. No solo encerrarnos sin distingo ni estrategia alguna y sin armas para esta supuesta guerra, cuya principal ofensiva debió ser saber quién donde y cuando estaba infectado. Sin armas, sin pruebas efectivas, sin tests que aún no existen ni se aplican adecuadamente, esta no sucedió. Las medidas fueron políticas y propagandísticas. Los ciudadanos fuimos encerrados, sin aprovisionamiento, sin distinguir quien estaba enfermo, o había estado expuesto a la enfermedad, sin calcular el impacto económico, sin planificar como detectar los focos infecciosos, sin convocar a los verdaderos expertos sanitarios, ni a los profesionales y entes deontológicos que tuvieran que hacer con el tema. Se armó una parafernalia que debía aplanar una curva matemática, cuyos componentes no eran científicos, en muchos casos fueron experimentos sociales, como las salidas patriarcales o anti patriarcales. Se había apoderado del Estado un virus de falsa eficiencia y se potencio un discurso, como he mencionado más del lado del “correctismo político” que de la realidad y de la verdad. Hoy el costo tangible e intangible es muy alto. La lección; Nunca se debe renunciar a la capacidad crítica ni por miedo ni por adoctrinamiento.
Dentro de las estrategias de la salud pública, existe “la medida del aislamiento”, que consiste en separar a las personas que padecen una enfermedad contagiosa de manera comprobada, de las personas sanas. Sin embargo, nunca se hizo tal distinción todos fuimos encerrados. Quizás esperando que las cosas pasen solas, o creyendo que el sol de los Inkas era tan poderoso para evaporar la infección.
Todos hemos sido responsables de encarnar la narrativa del término «confinamiento» que, como repito, ha sido utilizado hoy para designar indiferenciadamente; una cuarentena, que en realidad es una medida de encierro o retención en un espacio controlado, generalmente a bordo de un barco y por decisión de autoridades aduanales, durante el tiempo suficiente para garantizar que personas, objetos o sustancias que deberían entrar en un país o territorio no son portadores de alguna enfermedad. Esta medida fue inventada en 1374 por el duque de Milán. (Fue la medida que el gobierno de Japón aplicó en febrero de 2020 al crucero británico Diamond Princess). Se ha confundido “el cordón sanitario”, o sea la medida de aislamiento aplicada a un país vecino o un grupo poblacional afectado por alguna enfermedad para evitar que la enfermedad se transmita a otras poblaciones. Esta fue la medida aplicada por las autoridades chinas para la provincia de Hubei. Como referencia histórica mencionare que en el siglo XVII, Italia y España recurrieron a la imposición de cordones sanitarios utilizando para ello el ejército, que incluso tenía órdenes de disparar a matar contra los pobladores que violaran la medida.
Se ha mezclado sin diferenciar ni cuidado de aplicar “el encierro de personas pertenecientes a grupos de lance”, simplemente se las excluye de la sociedad de las actividades productivas; por criterios apresurados de edad, o peso. Sin considerar que se trata de la designación de una categoría de la población cuyas características la hacen más vulnerable a la enfermedad o que puede ser considerada como potencialmente enferma. No se ha identificado ni considerado como es que debe prohibirse y asistirse a esa población en el contacto con otras personas, tanto para no exponerla al riesgo de infección como para evitar que infecten a los demás. Eso es lo que se está haciendo en Francia, donde se prohíbe el acceso a las instituciones dedicadas al cuidado de personas de la tercera edad y estas últimas no tienen derecho a salir de dichas instituciones.
Simplemente se ha aplicado el “encierro a domicilio de toda una población”, sin distinción de personas. Los médicos especializados en epidemiología o virología no han solicitado esta medida. Los solicitantes pudieran haber sido los especialistas en estadísticas sobre epidemias y su objetivo únicamente era evitar que los hospitales lleguen a verse desbordados por una afluencia masiva de enfermos en un corto plazo de tiempo. Martillazo que tampoco ha sido efectivo. Esta medida no tiene precedente histórico. Lo que sí está demostrado es que las medidas que buscan frenar temporalmente una epidemia nunca han logrado disminuir la mortalidad. Peor aún, al prolongar en el tiempo el periodo de propagación de la enfermedad, esas medidas hacen que la población sea más vulnerable a una segunda y a una tercera ola de contaminación, hasta la eventual aparición de una vacuna y su producción masiva –lo cual requiere como mínimo 18 meses de preparación.
Hoy que estamos bordeando los sesenta días, una gran mayoría sin recursos económicos ni productivos, un sistema sanitario desbordado, no queremos perder la esperanza, sostengo que la gran meta es salvar vidas y empleos: Para eso, solo hace falta dejar el populismo, asumir mayor consciencia de la crisis, desde la ciudadanía, a la que desenfadadamente y de forma injusta se le ha culpado por no resistir, lo que es falso, pues el Perú precario resiste hasta lo imposible, pero esa resistencia no puede ser socavada desde los experimentos fallidos del Gobierno, desde los horarios de pánico de bancos y mercados, y desde la falta de una estrategia clara e instrumentos como pruebas y elementos de protección personal al personal sanitario, y claro el reconocimiento y cuidado de médicos, enfermeros , y miembros de las fuerzas armadas y personal de limpieza. Más allá de la invocación del golpe de un martillo y de la invocación de esfuerzos que no llegan, se requiere un cambio de estilo en el manejo de la crisis un estilo serio y comprometido con el bienestar del pueblo y su libertad personal y económica.
El Estado debe ser transparente, para definir los tratamientos médicos, los cuales deben sincerarse, sin sometimientos a entidades como la OMS, únicamente al criterio científico, dejar de comprar ventiladores, a precio de ventaja, si acaso múltiples esfuerzos privados pueden producirlos a bajo costo en el país, o simplemente prescindir de ellos si la ciencia demuestra lo contrario. Toda compra debe hacerse en virtud de su valor público, que no es su valor de mercado, es la calidad de servicio que debe llegar al ciudadano, para lo cual debe aligerarse procedimientos y trabas legales. Se debe gestionar para el bienestar de toda la sociedad que contribuya a solucionar la crisis, así también se controla más eficientemente la pandemia de la corrupción. Para ello solo basta aplicar los principios del buen gobierno, decir la verdad. Y no poner de funcionarios ministros troles heraldos dela muerte.
Finalmente el Ministro de Salud ahora debe contar con el consenso de médicos, universidades (facultades de medicina y comunidad científica). Esta es en principio una crisis sanitaria que requiere de políticas públicas eficientes.
Si los daños pueden compararse con el desastre de la guerra del Pacifico, que los daños no se produzcan por los decisiones de los gobernantes, como entonces.
¡EL GRAN OBJETIVO ES SALVAR VIDAS Y EMPLEOS!

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