PATRULLEROS FANTASMA

Fueron comprados para perseguir delincuentes, pero siguen atrapados entre papeles, oficinas y trámites.

Cuando un ciudadano marca el número de emergencias espera es­cuchar una sirena, no una excusa. Espera que un patrullero llegue para enfrentar un asalto, atender un acci­dente o responder a un hecho de vio­lencia. Pero en Cusco esa expectativa choca cada vez más con una realidad preocupante: la delincuencia avanza mientras decenas de vehículos poli­ciales permanecen inmóviles, conver­tidos en una imagen de la burocracia que paraliza incluso la seguridad ciu­dadana.

Sobre el papel, la Región Poli­cial Cusco dispone de 641 vehículos entre camionetas y motocicletas. Sin embargo, las cifras esconden una ver­dad incómoda. Gran parte de la flota ya cumplió su vida útil, numerosas unidades permanecen inoperativas por fallas mecánicas y, como si ello no fuera suficiente, cerca de medio centenar de patrulleros nuevos entre­gados por el Gobierno Regional en diciembre del año pasado continúan estacionados en el complejo policial de Patapata, sin cumplir la misión para la que fueron adquiridos.

No se trata de vehículos averiados ni de unidades retiradas por desper­fectos. Permanecen detenidos por trámites administrativos. La falta de placas, registros y documentación impidió durante meses que estos pa­trulleros salieran a recorrer las calles. Mientras los expedientes transitaban entre oficinas y escritorios, los delin­cuentes no esperaron permisos para seguir actuando.

La consecuencia de esa inacción quedó brutalmente expuesta en Qui­quijana. Un asalto terminó con seis personas fallecidas, entre ellas dos bebés, luego de que delincuentes pro­vocaran que un vehículo cayera a un abismo. Días después de la tragedia, los dirigentes del distrito llegaron hasta la ciudad del Cusco para pedir algo tan elemental como un patrulle­ro. No solicitaban una comisaría nue­va ni un millonario proyecto de inver­sión. Pedían una herramienta básica para proteger a su población.

La respuesta dejó más preguntas que soluciones. Los patrulleros ya existían, pero seguían inmovilizados por procedimientos administrativos inconclusos. Incluso cuando comen­zaron a emitirse las primeras placas, no había una fecha clara para que toda la flota ingresara finalmente al servicio. En una región donde la inse­guridad exige respuestas inmediatas, la burocracia terminó imponiendo su propio ritmo.

Cada día que un vehículo perma­nece estacionado también representa un deterioro silencioso. El polvo, la humedad y la falta de funcionamien­to afectan componentes mecánicos y eléctricos. Es decir, patrulleros com­prados con recursos públicos para combatir la delincuencia empiezan a envejecer antes siquiera de iniciar su primera ronda de vigilancia.

La paradoja alcanza niveles difí­ciles de explicar. Mientras decenas de unidades nuevas siguen sin patrullar, el Gobierno Regional del Cusco ya firmó un nuevo convenio bajo la mo­dalidad de Obras por Impuestos para adquirir más patrulleros, con una in­versión superior a los 9,2 millones de soles. El nuevo proyecto incluso esta­blece que las futuras unidades debe­rán ser entregadas con placas, tarjetas de identificación y seguros antes de concluir el proceso. La pregunta es inevitable: ¿por qué ese criterio no pudo garantizarse con la flota que permanece inmovilizada?

La Policía reconoce que necesita más vehículos y más efectivos para responder a la creciente demanda de seguridad en toda la región. Distritos, provincias y comunidades reclaman mayor presencia policial, pero ese discurso pierde fuerza cuando par­te importante del parque automotor permanece detenida detrás de un portón. La sensación de inseguridad no solo se alimenta del aumento de la delincuencia, sino también de la in­capacidad del Estado para poner en funcionamiento los recursos que ya tiene.

El problema de Cusco no parece ser únicamente cuántos patrulleros posee, sino cuántos están realmente recorriendo las calles. Porque un ve­hículo estacionado no disuade a un delincuente, no atiende una emer­gencia, no llega a un accidente ni evi­ta otra tragedia como la ocurrida en Quiquijana. Mientras los patrulleros sigan formando un verdadero cemen­terio de camionetas nuevas esperando autorización para salir, la burocracia continuará siendo uno de los mayores aliados de la inseguridad.