MACHU PICCHU 2026–2030: UN PLAN PARA ORDENAR EL SANTUARIO Y EVITAR OTRO AÑO DE CRISIS

La aprobación unánime del Plan Maestro del Santuario Histórico de Machu Picchu 2026–2030 por parte de la Unidad de Gestión de Machu Picchu (UGM) marca, sin duda, un punto de quiebre tras años de impro­visación, conflictos sociales y decisio­nes postergadas alrededor del princi­pal patrimonio cultural del país. Sin embargo, más allá del discurso oficial y las felicitaciones mutuas, el verda­dero desafío empieza ahora: pasar del papel a la acción, en un territorio his­tóricamente tensionado por intereses económicos, políticos y sociales.

El documento aprobado en la I Sesión Extraordinaria 2026 es pre­sentado como un “hito histórico”, y no es para menos. Han pasado más de cinco años sin un Plan Maestro vigente, periodo en el que Machu Picchu operó prácticamente sin una hoja de ruta clara, exponiéndose a crisis recurrentes, protestas, cuestio­namientos sobre el transporte, el afo­ro y la informalidad, así como a un deterioro progresivo de su gobernan­za. La pregunta inevitable es por qué el Estado permitió llegar a ese vacío de planificación.

El gobernador regional del Cus­co, Werner Salcedo, quien preside la UGM, junto a los ministros de Cultura, Ambiente y Comercio Ex­terior y Turismo, han coincidido en destacar el carácter participativo del plan, elaborado a lo largo de seis años con más de 400 actores locales. No obstante, esa amplia participación también obliga a una rendición de cuentas más rigurosa: ¿qué demandas históricas de las comunidades fueron realmente incorporadas y cuáles que­daron, una vez más, relegadas?

Desde el sector Cultura, el énfasis ha estado puesto en la protección del Valor Universal Excepcional de Ma­chu Picchu, un concepto clave ante los ojos de la Unesco, pero que mu­chas veces se ha usado como escudo para evitar decisiones incómodas. El reto será demostrar que la conserva­ción no es solo restricción, sino tam­bién inversión real en investigación, mantenimiento, accesos adecuados y condiciones dignas para quienes tra­bajan dentro del santuario.

En el plano ambiental, el Plan Maestro plantea objetivos ambiciosos frente a amenazas concretas como los incendios forestales, la contaminación de fuentes hídricas y los efectos del cambio climático. Sin embargo, la ex­periencia reciente muestra que las res­puestas suelen ser reactivas y tardías. La protección de especies emblemá­ticas como el oso andino o el pato de los torrentes requiere presupuesto sos­tenido y presencia efectiva del Estado, no solo buenas intenciones.

El componente turístico, defen­dido por el Ministerio de Comercio Exterior y Turismo, vuelve a situar el debate sobre el aforo y la capacidad de carga. La ministra Teresa Mera ha señalado que se mantendrá el nú­mero actual de visitantes mientras se elabora un nuevo estudio técnico, financiado con recursos transferidos a SERNANP. Aquí surge otra inte­rrogante clave: ¿por qué un destino que genera millones de soles anuales sigue dependiendo de estudios que siempre llegan tarde, cuando el daño ya está hecho?

El propio sector empresarial ha puesto el dedo en la llaga. Juan Sto­essel, vicepresidente de la Cámara de Turismo de Cusco, ha recono­cido la importancia del nuevo Plan Maestro, pero ha sido directo al se­ñalar la falta de inversión histórica en Machu Picchu. Durante años, los recursos generados se han ido, prin­cipalmente, al pago de planillas, sin concretar obras estructurales como nuevos accesos, un centro de visitan­tes o alternativas de transporte que descongestionen el área.

Más allá de las declaraciones, el Plan Maestro promete consolidar, hacia el 2046, un modelo de gestión integrada y gobernanza ejemplar a nivel mundial. Esa proyección, sin embargo, contrasta con la realidad ac­tual: conflictos recurrentes, servicios cuestionados, informalidad tolerada y una población local que muchas veces siente que Machu Picchu se gestiona desde Lima, sin comprender la com­plejidad del territorio.

La aprobación del Plan Maestro 2026–2030 es, en efecto, una oportu­nidad histórica. Pero también es una prueba de fuego para las autoridades nacionales, regionales y locales. Si este documento termina archivado, incumplido o manipulado según in­tereses de turno, Machu Picchu no solo habrá perdido cinco años más, sino credibilidad. Hoy el Cusco ob­serva, cuestiona y exige que, por una vez, la gestión del Santuario esté a la altura de su valor y de su historia.