El Cusco ya tiene experiencias de terremotos de gran magnitud.
El destino parece haber trazado un sombrío panorama sobre la encantadora ciudad de Cusco. Situada en una zona altamente sísmica, rodeada de ominosas fallas geológicas, esta tierra sagrada se encuentra en peligro inminente. Los especialistas, con miradas cargadas de preocupación, pronostican un movimiento sísmico de una magnitud superior a los 7 grados en la escala de Richter. Los ecos de la tragedia de 1950 reverberan en la memoria colectiva, sembrando el temor en los corazones de aquellos que conocen la historia.
El renombrado docente Jorge Cuenca, de la Escuela Profesional de Ingeniería Geológica de la Unsaac, no vacila en advertir sobre los oscuros presagios que acechan a Cusco. En su voz resonante de angustia, se vaticina el corte abrupto de los suministros más básicos para la supervivencia. El agua, ese elemento vital para la existencia misma, se escaparía de las manos de los cusqueños, sumiéndolos en una sed insaciable y desesperanzadora.
La electricidad, ese hilo conductor que ilumina las calles y los hogares, se desvanecería en un parpadeo trágico. La oscuridad se apoderaría de las vidas, dejando a la ciudad sumida en la incertidumbre y el miedo. El resplandor de la civilización se extinguiría, dejando a su paso un vacío desolador. e convertirían en laberintos mortales, bloqueados por los escombros y las fisuras. La comunicación con el mundo exterior se vería interrumpida, sumiendo a la ciudad en un aislamiento impotente. Las esperanzas de auxilio y ayuda se desvanecerían en un eco silenciado por la devastación.
El rugir de los nevados Ausangate y Chicón, dos gigantes custodios de la región, desencadenaría una tragedia adicional. Los desprendimientos de sus imponentes masas de hielo y rocas provocarían la furia incontrolable de los huaycos. Ríos de lodo y destrucción se abrirían paso entre las calles y los hogares, arrasando con todo a su paso. La impotencia se apoderaría de los corazones, mientras los ciudadanos observan impotentes cómo su amada tierra se desvanece bajo la ira de la naturaleza.
Cusco, joya de los Andes, se sumergiría en el caos y la desesperación. Las vidas se perderían en el abismo de la tragedia, dejando un vacío imposible de llenar. La historia de una ciudad ancestral se vería manchada por la desolación y el dolor, una vez más como en 1950 y 1986. Sin embargo, el impacto sería mucho mayor si el movimiento telúrico sucede de noche, como sucedió en Miska, provincia de Paruro en 2014 donde un sismo sorprendió a todos a la hora de dormir. Mientras el destino aguarda con su espada afilada, queda en las manos de cada cusqueño la tarea de prepararnos, de fortalecer nuestras estructuras y de protegernos unos a otros. Quizás, en medio del trágico panorama que se ve venir, encontremos una chispa de esperanza que nos guíe hacia la reconstrucción y la resiliencia.








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