LOS NIÑOS DE CHOQUEPATA SIGUEN ESPERANDO

Hace un año les prometieron un colegio nuevo, pero hoy los más pequeños estudian en un local comunal y otros alumnos deben trasladarse hasta Saylla. Los S/ 17 millones de inversión no se traducen todavía en aulas dignas, mientras los plazos

y compromisos siguen quedándose en el papel.

En Choquepata, Tipón, los ni­ños siguen esperando que los adul­tos cumplan su palabra. Hace un año les prometieron un colegio nuevo, aulas seguras y espacios dignos para aprender, pero el tiempo pasó y los plazos vencieron. La obra que debía cambiar la vida de decenas de escola­res continúa inconclusa, mientras los estudiantes pagan las consecuencias de los retrasos. Las promesas de de­jar atrás las filtraciones y el deterioro siguen atrapadas entre documentos, cronogramas y compromisos incum­plidos.

LENTITUD. El proyecto supe­ra los S/ 17 millones y contempla un plazo de ejecución de 330 días calen­dario. Sin embargo, la entrega previs­ta para octubre de 2026 tampoco se concretó y las familias observan con preocupación el lento avance de los trabajos. El incumplimiento alcanza incluso a los módulos de contingen­cia: el 6 de julio de este año, repre­sentantes del Consorcio Nicolás, la APAFA y la junta directiva de padres firmaron un acta que fijaba el 27 de julio como fecha límite para entre­gar los ambientes temporales. Pese al compromiso escrito, los módulos no estuvieron listos a tiempo.

La empresa dejó constancia de que contaba con los materiales, equi­pos y recursos necesarios, mientras se acordó que una comisión verificaría el avance cada dos días calendario. Pero los compromisos no se tradu­jeron en resultados. ¿Qué ocurrió con las verificaciones y por qué no se entregaron los ambientes dentro del plazo establecido? Las familias no necesitan más actas que archivar, sino aulas seguras para sus hijos. Aunque los módulos siguen inconclusos, el cerco provisional de calaminas tam­bién presenta deficiencias que gene­ran preocupación por la seguridad de los menores.

GRANDES AFECTADOS. Los niños de inicial, de tres, cuatro y cinco años, fueron trasladados a un local comunal ubicado en la parte alta de Choquepata, un espacio que no fue diseñado para funcionar como institución educativa. Allí enfrentan limitaciones de espacio, ruido y pro­blemas relacionados con la basura y la seguridad. La situación de primaria y secundaria tampoco es mejor: sus es­tudiantes fueron trasladados a un co­legio en Saylla, lo que implica despla­zamientos diarios, preocupación por la cercanía de una vía interprovincial y mayores gastos para sus familias. Mientras se habla de inversión pú­blica, los padres hacen esfuerzos para que sus hijos continúen estudiando.

TRASLADADOS. Durante va­rias semanas, algunos escolares tuvie­ron que recibir clases en una cancha deportiva, expuestos al sol, al frío y a las lluvias. Los materiales escolares debían retirarse cuando el espacio se utilizaba para otras actividades y volver a colocarse para continuar las clases. Aunque ya no permanecen completamente a la intemperie, las condiciones provisionales persisten y la comunidad educativa sigue sin una fecha confiable para recuperar sus instalaciones. La educación no puede depender de soluciones improvisadas ni de la paciencia ilimitada de los pa­dres: cada día de retraso prolonga una situación que afecta el aprendizaje y la tranquilidad de decenas de familias.

INFORMACIÓN. El Gobier­no Regional del Cusco rechazó las solicitudes de ampliación de plazo presentadas por la empresa ejecutora, al considerar que no estaban debida­mente sustentadas y que los retrasos serían atribuibles al contratista. Sin embargo, corresponde preguntar qué medidas concretas se han adoptado para exigir el cumplimiento del con­trato, supervisar los trabajos y garan­tizar la seguridad de los estudiantes. No basta con rechazar ampliaciones cuando los plazos ya vencieron: la po­blación merece conocer el estado real de la obra, las medidas contractuales aplicadas y una fecha sustentada de culminación. Las responsabilidades que correspondan deben esclarecerse con documentación y sin adelantar conclusiones no acreditadas.

En Choquepata no se reclama una obra de lujo, sino un colegio dig­no para niños que llevan meses es­perando recuperar sus espacios edu­cativos. Detrás de los más de S/ 17 millones hay estudiantes que mere­cen aprender en condiciones adecua­das, padres que asumen gastos adicio­nales y docentes obligados a trabajar en ambientes improvisados. El Con­sorcio Nicolás tiene compromisos que explicar y cumplir, mientras el Gobierno Regional debe demostrar que su supervisión produce resulta­dos concretos. Una obra inconclusa no es solamente cemento que falta: es tiempo de aprendizaje que no vuelve y una infancia obligada a adaptarse a problemas que no provocó. Los niños de Choquepata ya esperaron dema­siado. ¿Cuánto más tendrán que es­perar para tener, por fin, su colegio?